Publicado por Luz Jopia [admin] el 12/12/2015 (198 lecturas)

El encuentro anual de relaciones internacionales de UPLA se realizó este año en Ciudad de Guatemala y estuvo destinado a analizar los procesos migratorios que se están dando en el en el continente y el mundo, junto con los efectos que ello trae consigo tanto a nivel regional como global.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 9/12/2015 (496 lecturas)
(08 de diciembre 2015. El Venezolano).- El expresidente salvadoreño, Armando Calderón, expresó este lunes en la noche que “América Latina y el mundo está celebrándo que se diése un verdadero cambio en Venezuela. Se esperaba que el pueblo se volcara a votar y el pueblo se volcó. Eso ha sido lo maravilloso”.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 28/10/2015 (232 lecturas)
La Fundación Nueva Democracia con el auspicio de la Fundación Konrad Adenauer, invitan a usted a participar en el Foro: Estado de la Democracia 2015 conmemorando los 33 años de democracia en Bolivia, con el propósito de analizar la situación actual, problemas y desafíos de la democracia boliviana.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 27/10/2015 (207 lecturas)
El próximo 22 de noviembre los argentinos elegirán al presidente que conducirá el destino del país los próximos cuatro años, en un balotaje que se presenta electrizante. El pueblo argentino deberá elegir entre la continuidad del modelo kirchnerista encarnado por la candidatura de Daniel Scioli o la alternativa de cambio liderada por Mauricio Macri.
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Chávez y el populismo latinoamericano
Publicado por Luz Jopia [admin] el 10/4/2013 (465 lecturas)

Fue un gran actor que usurpó el nombre de “el pueblo” para llevar a cabo un experimento que sólo sobrevivió gracias al altísimo precio del petróleo... Pero a pesar del magnetismo, de los largos discursos, de la risa espontánea y contagiosa, del sentido del humor y la ironía, el veredicto de la historia será claro: Hugo Chávez fue un muy mal presidente.

EL 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez, un teniente coronel desconocido, intentó un golpe de Estado en Venezuela. Luego de una refriega que dejó a varios muertos, las fuerzas leales al Presidente Carlos Andrés Pérez capturaron al oficial rebelde. Antes de entrar en prisión, Chávez -un hombre fornido y de ojos pequeños- miró a las cámaras que grababan la escena y en una voz clara y serena dijo que su revolución bolivariana había fracasado, “por ahora.”

Este episodio captura la esencia del desaparecido caudillo venezolano: su falta de respeto por las leyes, la constitución y las instituciones. En 1992 el camino elegido para llegar al poder fue el de una asonada golpista. Más adelante el mecanismo para mantenerse en el Palacio de Miraflores fue la intimidación, el matonaje, el nombramiento de amigos en la Corte Suprema, la censura a la prensa, los cambios frecuentes a la Constitución, y la persecución a sus adversarios.

Uno de sus lugartenientes más leales resumió la filosofía chavista con las siguientes palabras: “Chávez está por encima de las instituciones, porque personificamos al pueblo”. Claro, lo mismo pensaban Lenin, Stalin, Mao, Trujillo, y, desde luego, Fidel Castro.

Hugo Chávez no es el único caudillo populista en la historia de América Latina. En el panteón del populismo lo acompañan personajes como Getulio Vargas, Juan Domingo Perón, el general Ibáñez del Campo, y, más recientemente, Alan García (versión 1.0), los esposos Kirchner, Evo Morales, Daniel Ortega, y Rafael Correa.

Pero, sin duda, entre todos ellos Chávez fue el populista más contumaz. También el más articulado.

Su magnetismo era legendario, como eran su capacidad oratoria y su habilidad para urdir narrativas que transformaban en villanos a algunos, mientras ensalzaban a otros.

Fue un gran actor que usurpó el nombre de “el pueblo” para llevar a cabo un experimento que sólo sobrevivió gracias al altísimo precio del petróleo -cuando Chávez llegó al poder el barril de crudo estaba en 16 dólares-; durante casi todo su largo gobierno fluctuó por encima de los 120 dólares.
Pero a pesar del magnetismo, de los largos discursos, de la risa espontánea y contagiosa, del sentido del humor y la ironía, el veredicto de la historia será claro: Hugo Chávez fue un muy mal presidente.

Según la leyenda, Chávez surgió como una respuesta de la izquierda nacionalista venezolana al neoliberalismo; el comandante habría sido un antídoto a las reformas (desalmadas y sin corazón) del Consenso de Washington.

Como leyenda suena bien, pero el problema es que no es verdad.

Chávez no fue el producto de las reformas de mercado; en Venezuela casi no hubo reformas, el Consenso de Washington brilló por su ausencia.

El líder bolivariano fue el producto de las políticas proteccionistas y de sustitución de importaciones impulsadas por la elite venezolana entre los años 1960 y 1990. Efectivamente, este enfoque basado en un rol creciente del Estado en materias económicas arruinó a Venezuela, uno de los países más ricos del mundo. Ya hacia el final de los 80, la ineficiencia, los proyectos gigantescos y ostentosos, el desperdicio, y especialmente la corrupción, habían generado una inflación galopante, y un crecimiento per cápita negativo.

Y mientras el pueblo venezolano veía caer su nivel de vida, las elites se beneficiaban del alto precio del petróleo y de las políticas de un Estado proteccionista y protector. Los partidos políticos se alternaban en el poder, y despilfarraban dinero; sus líderes bebían whisky a raudales, y se felicitaban por vivir en el único país democrático de la región. La ceguera de las elites fue tal, que no notaron el descontento y el hastío entre la gente común y corriente. No se imaginaron nunca que un simple teniente coronel terminaría despojándolos de sus privilegios.

En ese sentido, es posible argumentar que si Venezuela hubiera tenido verdaderas reformas modernizadoras -como, por ejemplo, las tuvo Colombia durante el gobierno de César Gaviria-, y se hubiera abierto al mundo y a la economía de mercado, el ex paracaidista nunca hubiera llegado al poder.

Históricamente, el populismo es un ciclo predecible. El punto de partida suele ser una crisis profunda, tanto política como económica. En medio del caos y la desesperanza surge un líder mesiánico y personalista que en nombre de “el pueblo”, y por medio de una retórica incendiaria, fustiga a los supuestos causantes de la miseria nacional. Estos enemigos suelen incluir a los empresarios, los políticos tradicionales, las multinacionales, los EEUU, y, desde luego, al Fondo Monetario Internacional.

A los discursos floridos y rimbombantes le siguen políticas que generan bienestar en el corto plazo, pero que están preñadas con las semillas de la destrucción. Se controlan los precios, se decretan aumentos de salarios, se nacionaliza el capital extranjero, se reducen las tasas de interés, se aumenta el crédito en forma inorgánica, y se decretan asuetos.
Esta es la etapa de la euforia. Todo el mundo está feliz. Tanto es así que aquellos que en algún momento se opusieron al caudillo, caen rendidos a sus pies.

Pero cuando el bienestar es artificial y no está basado en mejoras de productividad y ventajas competitivas reales, sus efectos son efímeros. A la euforia le siguen el desencanto y la crisis.

La duración de la fase eufórica varía de país en país, y de episodio histórico en episodio histórico. A veces dura unos pocos meses; en otros casos puede prolongarse por años. Los resultados específicos dependen de las condiciones económicas mundiales. Si los precios de exportación son altos -como en Venezuela-, el período de la embriaguez puede alargarse en forma significativa.

Pero lo que es inevitablemente cierto es que, independientemente de las condiciones internacionales, todos estos experimentos terminan mal: con inflación, medidas arbitrarias y proteccionistas, mayor corrupción, violación de los derechos individuales, caída de salarios, desabastecimiento, mercados negros, y tasas de crecimiento negativa.

Venezuela ya entró la etapa del desencanto y galopa en dirección a una gran crisis. Esto también es cierto en Argentina. Sin embargo, mientras los precios del petróleo y los otros commodities se mantengan altos, el día del colapso final se irá postergando. Pero -y esto es lo triste- no podrá evitarse.

Irónicamente, entre los países con gobiernos populistas, el que tiene mejores perspectivas es Ecuador. Y esto porque desde el año 2000 Ecuador no tiene moneda propia; el dólar es la moneda de curso legal, y el Banco Central no puede emitir sucres. Vale decir, Rafael Correa no cuenta con el instrumento favorito de los caudillos del populismo: la máquina de imprimir billetes.

Las imágenes que llegan desde Venezuela son genuinas y conmovedoras. No cabe duda de que la gran mayoría de la gente de escasos recursos adoraba a Chávez. Para bien o para mal, el comandante bolivariano era el faro que guiaba sus esperanzas. Esto tiene una explicación simple: a pesar de todo, durante su largo gobierno tanto la desigualdad como el nivel de pobreza disminuyeron con fuerza. No habrá sido un gobierno muy bueno, ni uno que generó crecimiento o estabilidad, pero fue un gobierno pro-pobres.

Pero si bien lo anterior es cierto, ello no redime a Chávez. Y esto a lo menos por dos razones: durante el mismo período -1999-2012- otros países de la región, incluyendo Chile y Brasil, redujeron la pobreza más rápido que Venezuela; y lo hicieron sin sacrificar el crecimiento, ni generando inflación, o desabastecimiento, o mercados negros; tampoco causaron una gran división nacional, ni un encono político terrible y desestabilizador.

En segundo lugar, las mejoras de condiciones sociales en Venezuela se deben, casi en su totalidad, al aumento del precio del petróleo en más de un 500% -sí leyó bien ¡500%!- Es posible argumentar que con ese tipo de bonanza el progreso debiera haber sido aun mayor al observado, y que otro gobierno más equilibrado y ecuánime, respetuoso del estado de derecho y de las instituciones hubiera logrado resultados aún mejores. De hecho, de acuerdo con un estudio de la Cepal durante este período, las políticas redistributivas fueron más efectivas en Bolivia, Brasil, Chile, Costa Rica, El Salvador, Panamá y Paraguay que en Venezuela.

Cuando murió el caudillo, su sucesor, el vicepresidente Nicolás Maduro, en un acto digno de Gustave Flaubert, dijo: “Yo soy Chávez”.

Nadie sabe muy bien qué quiso decir con esas tres palabras. Pero lo que sí está claro es que sería trágico para la región si otros políticos quisieran emular al ex paracaidista, si quisieran y transformarse en mini Chávez e impulsar las políticas del populismo. Porque lo que está claro es que las ruedas de la historia son crueles y no perdonan: todos estos experimentos terminan, inevitablemente, mal.

Por Sebastián Edwards publicado en el diario La Tercera.
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