Publicado por Luz Jopia [admin] el 12/12/2015 (181 lecturas)

El encuentro anual de relaciones internacionales de UPLA se realizó este año en Ciudad de Guatemala y estuvo destinado a analizar los procesos migratorios que se están dando en el en el continente y el mundo, junto con los efectos que ello trae consigo tanto a nivel regional como global.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 9/12/2015 (477 lecturas)
(08 de diciembre 2015. El Venezolano).- El expresidente salvadoreño, Armando Calderón, expresó este lunes en la noche que “América Latina y el mundo está celebrándo que se diése un verdadero cambio en Venezuela. Se esperaba que el pueblo se volcara a votar y el pueblo se volcó. Eso ha sido lo maravilloso”.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 28/10/2015 (213 lecturas)
La Fundación Nueva Democracia con el auspicio de la Fundación Konrad Adenauer, invitan a usted a participar en el Foro: Estado de la Democracia 2015 conmemorando los 33 años de democracia en Bolivia, con el propósito de analizar la situación actual, problemas y desafíos de la democracia boliviana.
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Publicado por Luz Jopia [admin] el 27/10/2015 (194 lecturas)
El próximo 22 de noviembre los argentinos elegirán al presidente que conducirá el destino del país los próximos cuatro años, en un balotaje que se presenta electrizante. El pueblo argentino deberá elegir entre la continuidad del modelo kirchnerista encarnado por la candidatura de Daniel Scioli o la alternativa de cambio liderada por Mauricio Macri.
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La apuesta mortal de Santos - Por Alvaro Vargas LLosa para La Tercera
Publicado por Luz Jopia [admin] el 2/10/2012 (510 lecturas)

Por Alvaro Vargas LLosa, publicado en La Tercera

Acabar por la vía de la negociación con las Farc es una decisión de la que depende que el Presidente pase a la historia como un de los grandes estadistas colombianos o acabe en el cementerio político al que fueron a parar todos los antecesores que intentaron lo que ahora él intenta.

EL Presidente de Colombia ha tomado la decisión más difícil de su vida. Una decisión de la que depende que pase a la historia como uno de los grandes estadistas colombianos o acabe en el cementerio político al que fueron aparar todos los antecesores que intentaron lo que ahora intenta: acabar por la vía de la negociación con unas Farc a las que, a pesar de los brutales e irreversibles daños infligidos por las fuerzas armadas y la sociedad colombiana en los últimos años, no ha sido posible liquidar del todo por las armas.

Se entiende mejor el enorme peso que Santos ha cargado sobre sus hombros si se revisa un poco la historia de fracasos de sus antecesores, algunos de ellos estadistas de gran nivel que cayeron en la ingenuidad o la desesperación, como Belisario Betancur, y otros, como Andrés Pastrana y César Gaviria, hombres de bien que se equivocaron garrafalmente en la lectura que hicieron del enemigo. Porque, no lo olvidemos, conversaciones de distinto tipo con las Farc las hay desde hace tres décadas, empezando propiamente con Betancur, en la primera mitad de los años 80 (incluso su antecesor, Turbay Ayala, había hecho amagos antes de eso), y terminando nada menos que con Álvaro Uribe. Esto último lo recordó el propio Santos hace pocos días, al afirmar que los contactos secretos con el enemigo que desembocaron en el Acuerdo Marco que permitirá la negociación de 0slo a partir de octubre se habían llevado a cabo "retomando" canales de comunicación que se habían dado "en el gobierno anterior".

Aun teniendo en cuenta que la lista de fracasos es larga, el que verdaderamente llevan los colombianos instalado en la psiquis es el sucedido a fines de los 90, cuando Pastrana cedió a las Farc 42 mil km2 de territorio y procedió a negociar en San Vicente del Caguán con un enemigo que hizo burla y escarnio de todo el proceso desde el primer día, humillando a las fuerzas de orden y a la sociedad, y ganando valiosísimo tiempo y espacio para proseguir con sus designios. Por contraste con ese proceso se explica en parte que Uribe ganara en 2002 con un mensaje de lucha frontal contra la guerrilla y que recibiera un respaldo abrumador a lo largo de sus ocho años, durante los cuales redujo a las Farc de un movimiento con 30 mil hombres que parecía reinar sobre media Colombia a un grupo de ocho mil arrinconados en la selva que perdieron a cinco comandantes clave, incluyendo a tres jefes sucesivos.

Por eso mismo, y porque el propio Álvaro Uribe le ha declarado una guerra política sin cuartel, acusándolo de haber cedido parte del espacio que se había ganado en los años del asalto gubernamental a la guerrilla terrorista, es tan arriesgado lo de Juan Manuel Santos. Ni los antecedentes ni el clima político lo ayudan mucho, y él lo sabe bien. De hecho, pocos días antes de que se supiera que Colombia había acordado en La Habana llevar a cabo una negociación de paz formal con las Farc se habían conocido encuestas que registraban una pérdida importante de popularidad del presidente. Con 43% de aprobación y en un país donde el 69% critica severamente sus políticas de seguridad por considerar que se ha desviado del curso trazado en el gobierno anterior, no debe haber sido nada fácil para Santos embarcar a sus compatriotas en esta apuesta tan arriesgada y, desde un punto de vista político, potencialmente mortal. Lo cierto, a pesar de las críticas a Santos por su "ablandamiento", es que las Farc siguen sumamente debilitadas. Con un Estado que ha pasado de estar a la defensiva a imponer su autoridad en casi todo el territorio, y que ha presidido por ello un "boom" económico que ha acercado al país a la meta sicológicamente importante del millón de barriles diarios de petróleo, además de la producción de ingentes cantidades de carbón, los términos del conflicto hoy favorecen la posición del gobierno. Pero también es cierto que las Farc siguen vivas y coleando. Controlan una parte significativa del Cauca, han mostrado capacidad para reponer a los comandantes que van cayendo y reconstituir el secretariado (máxima instancia de poder) y, últimamente, han sido capaces de atacar con éxito oleoductos y otras partes de la infraestructura productiva en el interior. Todo ello con dinero de las drogas.

Quizá por eso -es decir, porque entiende que nunca fue el Estado más fuerte frente a las Farc en casi 50 años de conflicto pero, al mismo tiempo, que su liquidación definitiva no es posible en un horizonte cercano- ha decidido Santos intentar negociar la paz. Parece haberle bastado, como prueba de las intenciones del enemigo, además de una lectura objetiva de su debilidad, el anuncio hecho por la guerrilla terrorista a comienzos de este año, según el cual pondría punto final a los secuestros. También, la liberación de "retenidos", como los llaman las Farc, ocurrida en meses recientes. Santos intuye que los gestos hechos por el líder actual, Rodrigo Londoño (alias "Timochenko"), un narcoguerrillero de hablar lírico, desde que asumió el mando para mostrar un talante distinto del de sus antecesores, no son una farsa.

Si bien es cierto que los intentos anteriores de firmar acuerdos de paz con las Farc fracasaron, hay algunos antecedentes que apuntalan la apuesta de Santos. No son, desde luego, comparables a la actual situación en muchos aspectos, pero sirven de referencia. El más obvio es el de la desmovilización del M-19 en 1990, que implicó la exitosa incorporación de ese grupo a la vida civil. El M-19 no estaba imbricado con el narcotráfico como lo están las Farc ni controlaba porciones del territorio ni había sobrevivido a todo lo que las Farc han sobrevivido. Por otro lado, el caso de los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia es demasiado controvertido para servir de punto de apoyo efectivo en este caso: se comprobó que muchos de los "desmovilizados" siguieron delinquiendo (al punto de que en 2008 el gobierno de Uribe tuvo que extraditar a varios líderes a Estados Unidos). Por último, el caso del ELN, una parte del cual se desmovilizó también, tiene el inconveniente de que es un antecedente insuficiente e inconcluso. Precisamente, una de las propuestas que ha hecho el gobierno es que el ELN supérstite se incorpore alas negociaciones de octubre próximo.

Santos ha tomado varias precauciones, en el plano doméstico y otras en el internacional, para blindarse políticamente ante lo q pueda suceder. Al hacer el anuncio, dijo que había propuesto "aprender de los errores y aciertos pasados, lograr el fin del conflicto y ceder un solo milímetro del territorio". Partiendo de esa base, relató que se había acordado con las Farc en La Habana cinco puntos de negociación que no implican renunciar a la política económica liberal, la democracia representativa, la orientación general del país. Son estos: desarrollo rural (algo que el gobierno ya está haciendo, en cualquier caso, con reforma agraria construcción de infraestructura); garantías para la oposición (algo que en la Colombia democrática ya es un hecho); el adiós a las armas y la movilización (lo que, manteniendo a las fuerzas armadas en su estado actual, no implica otra cosa, en el fondo, que una rendición del enemigo); el combate al narcotráfico (lo que pone el peso de la prueba en los hombros de las Farc y no del gobierno), y los derechos de las víctimas (léase el esclarecimiento de la verdad). De todos estos puntos, Santos sabe que el más delicado será el último porque, si quiere paz tendrá que garantizar en el acuerdo final al que se llegue en las negociaciones un cierto grado de impunidad para las Farc. No sabemos todavía cuánta, pero sin duda mucha. Será el precio doloroso a cambio de la paz. El gobierno tratará de compensar ese precio con un esclarecimiento de la verdad, como lo dice el propio Acuerdo Marco, lo que probablemente significará otorgar garantías a quienes confiesen menes, al estilo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica.

¿Será suficiente esto para un país que repudia en un casi unánime 97% a esa banda de criminales que lleva cinco décadas matando, secuestrando y destruyendo? No lo sabemos, pero precisamente por eso Santos se ha blindado nombrando como negociadores a algunas personas con autoridad moral por haber sido emblemáticas en la lucha contra la narcoguerrilla, entre ellas el general en retiro Jorge Enrique Mora, ex comandante de las fuerzas militares, y el general de la policía en retiro 0scar Naranjo, ex director de su institución. Que esté con ellos también el representante del empresariado le asegura a Santos, o al menos eso busca el presidente, un cierto escudo contra los ataques que seguirán llegando desde su derecha. Esos ataques, por cierto, arrancaron casi de inmediato al saberse la noticia. El más llamativo fue el de Álvaro Uribe, ex jefe de Santos (el actual presidente fue ministro de Defensa de Uribe). En su Twitter, el ex mandatario dijo que era "muy grave" que Santos le hubiera mentido al país (en referencia a las negociaciones secretas en La Habana) y acusó al gobierno de hacerle "publicidad electoral a Chávez" (en referencia a las elecciones venezolanas que tendrán lugar en cuatro semanas). Fernando Londoño, ex ministro de Justicia e Interior, que hace poco salvó de morir en un atentado de las Farc, escribió en El Tiempo una frase que resume el sentir de los críticos: "Los teníamos en las guaridas de la selva y en los socavones de su ruina moral. Les hemos devuelto cuanto han perdido".

Es contra esta corriente de opinión, nada pequeña en Colombia, que Santos ha tratado de cubrir su frente derecho. Y para ello, además del blindaje interno, ha montado otro externo. Consiste en incorporar a Chile en calidad de "acompañante", junto con Venezuela, de las negociaciones que se iniciarán en octubre, en 0slo, y proseguirán luego en La Habana. Esos dos "acompañantes" se suman a los "garantes", que son Noruega y Cuba. Noruega se justifica como país escandinavo que, aunque no es parte de la Unión Europea, sí lo es de la 0TAN, y permite asegurar que la comunidad internacional se haga presente en el proceso sin que las Farc lo rechacen por ser un aliado muy activo en el plano internacional de Estados Unidos. Cuba, que ha servido de marco a las conversaciones que llevaron a acordar el inicio de una negociación formal, era inevitable porque las Farc siempre tuvieron un cordón umbilical con los Castro: sin la intervención de estos, probablemente sería imposible que la narcoguerrilla negocie en serio y que el acuerdo comprometa al conjunto de los miembros que componen la organización delictiva.

En el caso de Venezuela, Santos entiende dos cosas: es un país fronterizo con Colombia que ha dado protección a las Farc y mantiene una alianza con Cuba que no es ajena a esa relación. Dejar fuera a Venezuela era, por tanto, arriesgarse a que Caracas saboteara el proceso. Pero tener a Venezuela como "acompañante" y a ningún otro país hubiera despertado la desconfianza generalizada de Colombia. De allí que Chile, con un gobierno de centroderecha muy afín al colombiano, por la vieja relación entre Piñera y el mandatario colombiano, haya sido invitado por Bogotá a componer el cuarteto internacional. Cualquier acuerdo de paz que tenga el aval de Chile será más creíble para la derecha colombiana o, en todo caso, más difícil de atacar. Invitando a un régimen de izquierda populista y a un gobierno de centroderecha democrático, Santos procura, además, sustraer la negociación con las Farc a la división ideológica entre los países del Alba y las democracias liberales de América Latina.

"Hijos de una misma nación", llamó Santos hace unos días a todos los actores del conflicto, al anunciar el comienzo de un proceso que puede llevar a poner término a cinco décadas de sangre derramada. Si su apuesta tiene éxito, nadie lo librará del Premio Nobel de La Paz. Si no, Colombia le hará tragar esas hermosas palabras.
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